miércoles, mayo 07, 2008

Sam Peckinpah visto por Gonzalo Suárez

Sobre literatura de cine:

SAM PECKINPAH, Y SU MIRADA ALTERNATIVAMENTE COLÉRICA Y MELANCÓLICA, Vista por GONZALO SUÁREZ.


Posted by Xavi Sans









"A falta de contable, daré cuenta de mi estado de cuentas. Mi inversión en la vida aconteció en Oviedo, Asturias, en 1.934. Así que, mal que me pese, sólo he podido acumular 70 años. En ellos, y entre otras cosas, he hecho libros y películas. Entre los primeros, consignaré los tres últimos: El asesino triste (Alfaguara, 1.994), Ciudadano Sade (Areté, 1.999) y Yo, ellas y el otro (Areté, 2000). Y entre mis películas, las tres primeras: Ditirambo (1.967), Fausto (1.969) y Aoom (1.970). Para cerrar el cómputo citaré de paso, Epílogo (1.984) y Remando al viento (1.987), así como los libros Trece veces trece (Ferré, 1.964) y Gorila en Hollywood (Planeta, 1.980). Por lo demás, dejaría que el autor se aventurase. Si otro lastre, por el libro El hombre que soñaba demasiado (Areté, 2.005), en el que cuento incluso lo que no debiera contar.

El sujeto que procederé a analizar a continuación es:

SAM PECKINPAH. (Fresno, California, 1.925- Inglewood, California, 1.984).

Realizador cinematográfico norteamericano especializado en una primera etapa en westerns crepusculares, ásperos y realistas; en su segunda etapa reflexiona sobre la violencia cotidiana".

AL PIÉ DEL PEÑATÚ. 1.970.

"En el festival de San Sebastián del setenta, Aoom acababa de cosechar un sonoro fracaso, aderezado con abucheos, pateos y algún bravo. El presidente del jurado era tuerto y se cambió el parche de ojo para no ver la película. Se llamaba Fritz Lang.

A pesar de todo, Aoom obtuvo el mejor de los premios. Acabado el festival, cuando mi mujer, Hélène, y yo hacíamos las maletas, el director americano Sam Peckinpah, al que admirábamos desde Duelo en la alta sierra (1.962), me envió a su secretaria.

Quería conocerme y ver la película. La vio. Y, en lugar de viajar a Londres para iniciar la preparación de su próximo rodaje, se vino con Hélène y conmigo a Asturias.

Fueron quince días exultantes, hasta que intentó estrangular a la secretaria.

Bajábamos la montaña al caer la noche, tras haber estado bebiendo y charlando al pie del ídolo neolítico del Peñatú. De repente, le sobrevino uno de sus proverbiales arrebatos de violencia etílica, y comenzó a zarandear a la joven, increpándola porque ella se había adelantado con Hélène, en lugar de caminar a nuestro lado y traducir puntualmente la conversación.

Irrisorio pretexto, ya que Peckinpah y yo nos entendíamos bien sin intérprete e incluso sin palabras. La cólera no tenía más causa ni razón que la unión de Júpiter y Johnnie Walker ensañándose a dúo con la Cenicienta. Una cólera, ciertamente injusta y despiadada. Me interpuse y, como corresponde a un auténtico caballero, salvé a la chica de las garras que atenazaban su cuello. Hélène se la llevó montaña abajo, para darle cobijo en el apartamento al borde del mar que habíamos alquilado aquel verano.

Pero antes tendrían que pasar por el hotel para recoger la maleta, ya que la doncella compartía habitación con el ogro, y no deseaba volver a verlo ni en pintura. Al menos, eso aseguraba.

Por mi parte, tras la trifulca, lo había perdido de vista. Le llamé en vano. Era de noche. Una noche de luna llena. Y, gracias a la luna lo encontré. Arrodillado. En medio de un charco. No rezaba, pero la reflexión del agua le proporcionaba un aura de beatitud. Descendí por el pedregoso terraplén y le tendí la mano. La aferró, sin levantarse ni soltarme. Permanecí aprisionado, mientras él me hablaba. Me dijo que haríamos juntos muchas películas, pero que esa chica debía irse aquella misma noche.

No cedí al chantaje. Lo saqué del charco y cargué con él hasta la carretera. Las mujeres se habían llevado el coche y era impensable que por aquel lugar pasara un taxi. Pero pasó. Y libre. Una maldita coincidencia. Un milagro lamentable. Una deleznable jugarreta del azar. Llegamos al hotel de Llanes en el mismísimo momento en que Hélène y la secretaria salían de la habitación. Tuve que salvar a la chica por segunda vez.

Alzó el puño para pegarme, mientras ellas se escabullían en pos de la maleta que había rodado por la escalera. No me inmuté. No me pegó. Quise devolverle la cazadora que me había dejado cuando aquella noche tuve frío. La rechazó. Tampoco quiso el pañuelo del actor William Holden, que me había regalado y yo lucía anudado al cuello. Al cabo de treinta y tres años perdí el pañuelo y me queda estrecha y corta la cazadora, pero conservo el momento. Me dio un ultimátum.

-O se va ella, o me voy yo.

-Vete tú - dije, y salí. Así comenzó nuestra tormentosa amistad.

Salvé a la chica y él voló a Londres. Al amanecer. No sin antes beberse las existencias del bar y secuestrar durante horas al director del hotel para sonsacarle mi paradero. En vano. No porque se resistiera, sino porque lo desconocía. El pobre hombre no acertaba a explicarse, ni a contarme, lo sucedido. Un extraño huésped le había obligado a permanecer sentado y encerrado en su habitación mientras le acosaba a preguntas sin respuesta posible, confesó.

Los días de exaltación llegaron a su fin tan inesperadamente como habían comenzado. Hélène y yo nos quedamos tristes el resto del verano. Sam me dejó una nota, torpemente mecanografiada. "Que gran espejo tener tú", decía. Un críptico mensaje digno de su tatarabuelo indio".

"Aoom". 1969

MOSCAS EN LA CABEZA.

"Previa reconciliación epistolar, me reencontré con Sam Peckinpah en Londres. Quiso que un tal Ken Hyman, alto ejecutivo de la Universal, viera Aoom. Tras el fracaso en San Sebastián, la película no tenía distribuidor. De hecho, nunca llegaría a tenerlo.

Como era lógico, al tal Ken Hyman le horrorizó la película y eso supuso la quiebra de mi proyecto cinematográfico. Un cine que mezclara géneros. Realizado con la libertad del arte moderno y la cadencia emocional de un poema. En las antípodas del cinéma verité en boga y sin el empaque del cine profesional, mi propuesta no podía prosperar.

Me estaba bien empleado. Por obstinarme en inventar el cine con la secreta esperanza de inventar la vida. O, al menos, una forma de vivirla haciendo cine. Rodar como si las cosas no existieran hasta que uno las imagina, como si la sinfonía precediera a la partitura. A la manera de Monet o Van Gogh, en los que la pincelada prevalece sobre la temática. O como Aoom. Donde la temática deviene pincelada. Y en la que el espíritu de un actor, cansado de sí mismo y del mundo, se proyecta fuera del cuerpo y entra en el de una muñeca que acabará rota y lanzada al mar. Pero el tal Ken Hyman, como todos los de su especie, desconocía el precepto de Mozart: "La verdadera música está en las notas". Estas enaltecedoras reflexiones no me servían de consuelo.

Tampoco el contundente consejo de Sam: "Nunca cambies". Predicaba con el ejemplo. Él no había cambiado ni cambiaría. En el transcurso de los años, hasta su muerte, tuve ocasión de comprobarlo. Y la primera noche, apenas llegado a Londres, no tardó en hacerme una demostración. Durante la cena en un distinguido club privado y ante el espanto de la concurrencia, intentó estrangular a su nueva secretaria.

Esta vez, Panchito Kowalsky, escritor y amigo de Sam, me contuvo. Al parecer, según él, se trataba de un ritual, convenido o consentido, al que debía habituarme. No me habitué. Pero la secretaria sí. Tiempo después, en Los Angeles, presencié escenas similares. Él la zarandeaba e insultaba, ella lloraba y salía corriendo, yo recriminaba a Sam que, en cierta ocasión, con ingenua jactancia, me dijo: "Soy un hombre malo".

Ella, por su parte, admitía resignada: "Así es él, le gusta vivir deprisa". Lo de vivir deprisa implicaba, al parecer, proporcionar intensidad dramática a cada instante.

Como cuando, entristecido por la muerte de su amigo William Holden y sin que yo pudiera impedírselo, en un restaurante madrileño lanzó el cuchillo de la carne sobre la cabeza de los aterrorizados comensales. Se quedaron pálidos. Del color de la pared en la que había ido a clavarse el cuchillo. El que se tratara de un famoso director de cine americano, según aducía el atribulado maître, no tranquilizó a los clientes que, con la debida cautela, abandonaron el local.

El alcohol ininterrumpidamente ingerido, desde el primer vodka con naranja hasta el último brebaje nocturno, era la pócima que convertía a Sam en Hyde. Pero, más allá de sus legendarios desmanes, era un ser encantador. De exacerbada sensibilidad y elegancia natural. Tras las gafas oscuras, con las que en su sempiterno estado de resaca o ebriedad se solía proteger del sol y del mundo, anidaba una mirada dulce, lúcida y profunda que reservaba para los niños y los amigos, en los raros momentos en los que no entraba en combate consigo mismo. Padecía, eso sí, una pertinaz dolencia: no soportaba la felicidad. Sin duda, por miedo a perderla. La vida era un río turbulento, y cualquier remanso resultaba peligroso por si la quietud del agua dejara entrever el fondo. Como aquella noche en Malibú, en el porche de su bungalow.

Estábamos los dos repanchingados en sendas hamacas, mecidos al claro de luna por el rumor del mar, cuando en el confín de la playa, sobre una duna de arena, alguien comenzó a rasgar cansinamente su guitarra y, con voz gangosa y lastimera, se puso a cantar. Cuerpos jóvenes en traje de baño no tardaron en congregarse a su alrededor.

Era Bob Dylan. A Sam, con los pies en la baranda, el cigarrillo en los labios y el vaso en la mano, se le veía feliz. "Me gustaría morir así", se limitó a comentar. No se murió así. Cómo y dónde no viene ahora al caso. La cuestión es que, una mañana, me desperté deprimido en Londres porque a un tal Ken Hyman no le había gustado mi película.

En aquel hotel, regentado por hindúes que, a horas intempestivas, hablaban a gritos y subían y bajaban escaleras con estrépito, tenía la impresión de haberme despertado en la celda de un manicomio. Eso contribuía a un estado de ánimo acorde con el puré de guisantes y la sucia llovizna de la noche anterior, en la que Peckinpah, Kowalsky y yo vagabundeamos juntos.

Para colmo era domingo. Sam había ído a recoger un premio a Sorrento y Panchito Kowalsky, con una página en blanco en el rodillo de la Underwood y una bolsa de hielo en la nuca, trataba de reanudar el guión interrumpido de Quiero la cabeza de Alfredo García (1.974), relato que él había escrito y que Sam me había contado la tarde del Peñatú. Una historia bella y sobrecogedora. La amistad de un hombre con una cabeza cercenada, metida en un saco plagado de moscas. Así me sentía yo. Como la cabeza del saco. Y, perseguido por moscas zumbonas, salí del hotel y eché a andar.

Una andadura de caballero más andante de lo que podía suponer".

TIEMPOS EXTRAÑOS.

Hélène visitó a Peckinpah durante el rodaje de Perros de paja (1.971) y él le dedicó una curiosa foto, en la que se le veía pedaleando sobre un triciclo. En el triciclo le venía pequeño y se daba con las rodillas en el pecho. La foto era curiosa y la dedicatoria también:

"Se avecinan tiempos extraños, ¡cabalga!".

(Extractos de El hombre que soñaba demasiado, GONZALO SUÁREZ, 2.005.).

GORILA EN HOLLYWOOD. GONZALO SUÁREZ, 1.980. (Fragmentos).

Gorila en Hollywood Gonzalo Suárez, nos deleita con la lucidez y el humor de una obra que, desde los sesenta, abarca libros y películas, revelándonos un proceso creador ininterrumpido y en pleno desarrollo. Tras escribir con Sam Peckinpah la adaptación cinematográfica de su novela Doble Dos, (una intriga en la que está involucrado el dictador Francisco Franco); Gonzalo Suárez toma como punto de partida su aventura hollywoodiense, con personajes reales como Ray Bradbury y el propio Peckinpah, para revelarnos una vertiginosa visión del mundo y sus alrededores, en irónica alusión al universo literario que acota y expande la realidad.> X. S. E.

I

1.974.

"Ayer fui a los estudios más pronto que de costumbre. Serían, aproximadamente las cuatro de la tarde. Sam Peckinpah dormía a pierna suelta. Vive allí desde que terminó su última película. La cama ocupa casi la totalidad de la reducida estancia. En la pared hay una larga y apaisada fotografía de la actriz mejicana Isela Vega en pelotas. La habitación es tan asfixiante como la roulotte o el bungalow de Malibú. Decidí dar una vuelta para hacer tiempo. El emblema de la Metro-Goldwyn-Mayer ya no ruge. Las gloriosas sombras ya no están. El sol de Los Ángeles añora los desiertos de antaño, y su rutilante nostalgia, remedando a la Real Academia, limpia, seca y entontece. Para protegerme de sus rayos, me introduje en una nave, plataforma de rodaje viuda de trabajo y huérfana de luz, donde a duras penas se atisbaban inútiles andamiajes, gigantescos paneles, tarimas y practicables arrinconados, garfios colgantes, burdos anzuelos sin cebo, y lacias cuerdas, miserables lianas de una selva dormida. (...)

Sam Peckinpah me esperaba. El despacho olía a cagadas de gato. Tiene dos. Un arisco macho negro de Borneo y una siamesa sinuosa y ronroneante. El macho suele subirse a lo alto de la puerta entreabierta y luego maúlla desesperado porque no se atreve a bajar. La hembra, por su parte, juguetea incesantemente con las revistas pornográficas que se acumulan a lo largo de una mesita convertida en mostrador de suculentas ensoñaciones eróticas para visitantes ociosos.

Sentado en el suelo, con la espalda contra la pata de la mesa había un tipo de tez aladrillada y campechana expresión. Su atuendo resultaba juvenil y deportivo, en flagrante contraste con cierto carisma de experto catador de vinos. El diagnóstico bien podría haber sido: bon vivant francés, profesor de UCLA. Era Ray Bradbury. Sonreía.

Fui a sentarme en el diván, junto a una chica de dulce mirada miope y adiestrada sonrisa profesional. Se trataba, según supe después, de la secretaria de Bradbury, y a su lado había otras dos mujeres. Secas como nueces, parecían compartir el mismo cascarón.

Desdibujado en un ángulo, con la silueta recortada sobre un cartel de western, permanecía silencioso un individuo que podría ser pistolero, policía o representante. Era representante.

Y había alguien más. Alguien en quien precisamente convergían todas las miradas. Un ser grotescamente angelical. Una rubia de traslúcidos tirabuzones, cutis rosado de lechoncillo, manos regordetas y mariposeantes, ojos de celestial estupor bajo las etéreas sombrillas de burdas pestañas postizas. Toda ella resplandecía con el brillo empalagoso de un regalo de Navidad envuelto en celofán.

Era la muchacha que aspiraba al papel de Loreley.

Peckinpah informó a los presentes sobre nuestro común trabajo en el guión de mi libro Doble Dos. El gato de Borneo emitía resignados maullidos desde lo alto de la puerta. Peckinpah explicaba el libro a su manera, "una historia llena de misterio, poesía, sexo y violencia" que requería una niña de doce, quince, dieciséis años, una actriz capaz de sugerir los más insondables abismos, capaz de comportarse al tiempo como un ángel de la guarda y como la más perversa y refinada prostituta.

Miré de soslayo a las dos damas que, conmigo y la secretaria de Bradbury, compartían el diván. Eran, respectivamente, la madre y la hermana mayor de la chiquilla. Tuve la impresión de que acababan de arrancarles sendos esparadrapos adheridos a los pelos del pubis, a juzgar por la dolorosa y heroica tirantez de sus aquiescentes sonrisas.

Peckinpah les preguntó, con soterrada malevolencia, si estaban dispuestas a que la chica no sólo se exhibiera desnuda sino que fornicara sin subterfugios ante las cámaras. La hermana se sonrojó hasta el lóbulo de las apergaminadas orejas. La madre tardó en responder. Luchaba entre un arrebato de elemental pudor y su acendrada vocación de mercachifle.

Dijo al fin que lo mejor que hacía su hija era recitar a Shakespeare. Entonces Peckinpah entornó los párpados y, tras crear una resabiada expectación musitó:

-"No sé cómo expresarte con un nombre quién soy... Mi nombre, santa adorada, me es odioso, por ser para ti un enemigo. De tenerla escrita, rasgaría la palabra."

Imaginémonos por un momento la escena. Las gafas de Ray Bradbury, de sólida montura, se empañaron y sus ojos risueños se diluyeron tras la vítrea neblina; los de su secretaria, en cambio, se dilataron con oronda fijeza en un superfluo y bien aventurado esfuerzo para que el improvisado desafío culminara felizmente. Creí percibir en las damas secas un rumor de ramaje. El impasible representante chirrió como un gozne oxidado. Y la gatita siamesa de hizo pis.

-"Todavía no han librado mis oídos cien palabras de esa lengua, y conozco ya el acento -replicó Loreley-. ¿No eres tú Romeo y Montesco?"

Era una voz meticulosamente cursi, deliciosamente pizpireta, y las manitas rosáceas habían extendido sus dedos palpitantes en un ademán de exquisita pretenciosidad. Un monstruo recompuesto, pellizco a pellizco, desde su nacimiento. O desde antes. Un prodigio de relojería visceral que desgranaba las palabras con el musical automatismo del cuco desde su caja.

Me volví hacia la madre y sorprendí el rostro macilento transfigurado por una súbita e insospechada luminosidad y las lacias comisuras de los labios vibrantes de incontenible orgullo. Reteniendo, a duras penas, su exultante vanidad, anunció que su hija sabía una canción de cada país del mundo y propuso que cantara, en mi honor, una en español.

La niña, envolviéndome con su mirada azul, se disponía a ejecutar la amenaza, cuando Peckinpah se puso en pié, la agarró por los tirabuzones y, encarándose con la madre, exclamó:

-¡Fuera este maldito pelo! ¡Ya pasaron los tiempos de Shirley Temple! ¡Es ridículo!

¡Córteselo!

La señora se incorporó lívida, pero prometió que le cortaría el pelo a su hija si eso resultaba imprescindible. Peckinpah la emprendió entonces con el vestidito de relamidas tonalidades más propias de un pastel de bodas que del atuendo de una actriz en los tiempos modernos, y luego esgrimió, en su incontenible delirio, una de las revistas pornográficas, en cuya portada aparecía la efigie de Marilyn Monroe rociada de esperma, y la agitó a modo de banderola, proclamando a gritos que había sonado la hora de la liberación sexual, que la revolución estaba en la calle, en los quioscos, en las pantallas..., y que una actriz actual debía comprender, de una vez por todas, que el don generoso de su cuerpo no era más ignominioso que la pretendida oferta, a diez dólares la entrada, de los más sublimes recovecos de su alma, y que en ambos casos el arte y la industria exigían que sus medios expresivos estuvieran acordes con las pulsiones de la época, más allá de hipócritas pudibundeces que alentaban nefastos sueños reprimidos que sólo habían engendrado guerras, catástrofes y frustraciones.

En ese momento, el gato de Borneo se decidió a saltar desde el montante de la puerta y fue a caer sobre la cabeza de Ray Bradbury, que emitió una circunstancial risita de conejo, al tiempo que un hilillo rojo serpenteaba por su sien. La secretaria acudió presurosa, pañuelo en mano, y desinfectó con vodka el rasguño, mientras las dos damas secas se retorcían crepitantes, como si estuvieran abrasándose al unísono en el fuego infernal.

El turbulento marasmo desencadenado hizo que yo añorara de sopetón un rectángulo de césped asturiano. Sin embargo, resultaba curioso comprobar que la menos afectada por la tempestuosa diatriba era precisamente Loreley, que no cesaba de sonreír a diestra y siniestra como si coqueteara con una hipotética legión de moscas. Comprendí que aquella puñetera criatura seguía dominando, desde el mismo vértice, el torbellino. Se había constituido, de forma espontánea, en el ojo del huracán.

-Es importante, muy importante...-dictaminó una vez más, Peckinpah- que quede bien claro este punto. No habrá limitaciones en las escenas de índole sexual.

La madre y la hermana intercambiaron una angustiosa mirada de impotencia. Su desfasado sueño de gloria hollywoodiense estaba a punto de desvanecerse, pero se resistía a doblegarse bajo los golpes de batuta de aquel loco director que, según a ellas se les antojaba, enarbolaba más bien un grosero falo.

¿Debían entregar su pulcra muñequita a las libidinosas veleidades de aquella trinidad de corrompidos servidores de los apetitos mundanos? Se debatía allí una dolorosa cuestión. Muchos años de sórdidos pigmalionajes estaban, de repente, en juego.

Profesores de dicción, declamación, baile, idiomas, se habían convertido por arte de birlibirloque en inútiles comparsas, irrisorios petimetres, desmayadas marionetas sin hilos. ¿Qué hacer?

-También escribe versos -balbuceó la madre ya vencida-. ¿Quiere que le recite uno de sus últimos poemas?

Creo recordar que aquellas fueron las últimas palabras que pronunció. Brotó un denso silencio, como una enmarañada planta invisible. Peckinpah eructó. Bradbury limpiaba parsimoniosamente los cristales de sus gafas. La secretaria agarró entre las suyas una de las manitas de Loreley. El representante se desperezó, a la manera de un sofá que se convierte en una cama plegable.

-Sería interesante saber -esbozó cautamente- si el señor Peckinpah considera que la niña reúne condiciones para desempeñar el papel, porque, en este caso, estoy seguro de que cualquier dificultad será allanada.

Peckinpah acariciaba ahora el ronroneante lomo gris de la minina siamesa.

-Lo que diga mister Suárez -murmuró.

Acababa de pasarme la pelota, sorprendiéndome a contrapié. Ahí estaba yo erigido en juez del pleito y ejecutor de la criatura.

-No, no sirve -dije.

Con mis palabras quedaba zanjada la asquerosa situación. El globo se deshinchaba con un irónico pufido. Por un lado, todo el mundo quedó aliviado. Por otra parte, sobrevino el acre regusto de la decepción." (...)

II

"El otro día estaba comiendo con un productor en el restaurante Beverly Hills. Tan horrible como el Hilton. La diferencia estriba en que las manadas variopintas de turistas han sido suplantadas por un ofensivo papel pintado que forra obsesivamente los pasillos y que reproduce, de forma agobiante, el lujurioso follaje de las selvas tropicales. Algunas estrellas, como Elizabeth Taylor, tienen reservados, en el jardín, bungalows que más bien recuerdan los barracones de un campo de concentración.

Pues bien, allí habíamos ido a parar y la comida transcurría plácida y anodina cuando, con la agresividad del punzón sobre la pizarra, una voz garabateó en el aire, más para hacerse notar que para hacerse entender. Una voz de mujer. Me volví, y reconocí, a duras penas, a Rita Hayworth. Desgreñada y sarcástica, sólo conservaba atisbos de su maravillosa sonrisa. Estaba con un grupito de cineastas mejicanos.

En su desesperado afán de no pasar inadvertida, comenzó a burlarse, sin ton ni son, del productor que estaba conmigo y ello provocó un intercambio de explicaciones entre los ocupantes de las dos mesas. Los mejicanos disculpaban los desmanes de la actriz y el productor quitaba importancia al accidente con su mejor sonrisa. Todo terminó con efusiva cordialidad, y Rita Hayworth rompió a llorar desconsoladamente.

Fue necesario acompañarla a su habitación. La pobre mujer estaba deshecha, y yo también. La impresión no podía resultar más deplorable. (...)

Yo estaba esperando a Peckinpah, que, como de costumbre, se atrasaba. (...)

Peckinpah llegó media hora después. Dino de Laurentis le había ofrecido la dirección de una película de veinte millones de dólares, me anunció. Haríamos la película juntos. Se trataba de una nueva versión de King Kong." (...)

III

"Pekinpah está disperso. Tan pronto me habla de postergar Doble Dos y trabajar en King Kong* como de irnos a Hawai.

* Finalmente, Sam Peckinpah no rodó ni la adaptación de Doble Dos ni la nueva versión de King Kong.

Por cierto, he recordado ciertas cosas referentes al rodaje de Killers ellite (1.975) y quiero relatarlas, porque intuyo que pueden tener relación con acontecimientos que no tardarán en producirse. (...)

Un chino que había trabajado como especialista en la película, siempre andaba jugando con una cadena, la hace silbar en el aire y se la enrolla de golpe en el cuello.

Tiene una sorprendente habilidad que exhibe en cualquier ocasión. James Caan se pavoneaba, en las pausas del rodaje, peleando con él en plena calle, para delicia de las espontáneas admiradoras.

Se habían rodado interiores en los despachos de un inmenso edificio de cristal. Justo frente al cementerio en que está enterrada Marilyn Monroe. Precisamente a la entrada del cementerio permanece aparcada, hace días, la roulotte de Sam. Y, en la acera opuesta, el camión de atrezzo, con toda clase de cachivaches y... bebidas.

Allí, en plena calle, celebraron el final del rodaje. Circuló el vodka con champagne y un inhalador que hacía explotar la cabeza. Se lo pasaban de unos a otros con el clandestino regocijo de colegiales. La primera vez que lo probé, la calle se ensanchó de tal manera que, cuando intenté cruzarla para refugiarme en la roulotte, creí que jamás llegaría al otro lado. Pero la segunda vez que me lo ofrecieron recurrí a un truco ignominioso que ya había utilizado con determinado polvillo blanco. En lugar de sorber, expulsaba el aire por la nariz. Este modo de proceder me hacía sentirme como el traidor de la comedia, pero preservó, en parte, mi relativa lucidez.

La más destacada peculiaridad de aquella fiesta era la falta de alegría. Apareció uno de los actores vestido con el uniforme de policía que le había correspondido usar en la película y se puso a dirigir el tráfico. Tuvo gracia, porque obligaba a los coches a subir a las aceras y a girar estúpidamente sobre sí mismos, en demenciales maniobras.

Y los conductores obedecían sumisos, con más temor que extrañeza. Pero no había alegría. Era como esas veladas de fin de año en que todo el mundo lleva a cabo las contracciones "rictuales" de estarse divirtiendo, y están en realidad asquerosamente persuadidos de que todo es una pifia, un cochambroso estertor.

Acabamos, después encerrados en la roulotte, donde entró un gordo a vender relojes.

Regalos de Sam para los principales actores, que dicho sea de paso no se habían quedado en la fiesta. El único vestigio del elenco protagonil era la secretaria de Gig Young, filiforme hasta tal extremo que su cabecita cabría por el diminuto ojo de una aguja (ese agujerito bíblico por donde los ricos acabarán haciendo pasar los camellos a golpe de dólar). Y, de pronto, Sam se puso a insultarla y la echó de allí, sin razón alguna, como suele hacer con las secretarias.

El gordo también se fue con su ristra de relojes. Y la noche empezó a caer.

Quedábamos cinco y el hijo de Sam, que tiene unos diez años. Jugábamos desabridamente a las cartas (al mentiroso), sin dejar de beber. A dólar la mano. Ganó el niño. Por la puerta abierta se veía la luna. En una ocasión me descarté de cuatro y me salió ful. Eso le hizo gracia a Sam. Me estrechó la mano y empezó a apretar. A pesar del alcohol, tenía una fuerza endiablada. Me miraba fijamente y redoblaba el triturante apretón. Yo aguanté como pude, apretando a mi vez. Pero como tengo la mano más pequeña, no podía abarcar la de él. Sin embargo, resistí el embate, y acabó claudicando. Se volvió a los demás y dijo: "Mi perro hermano tiene tanta fuerza como yo." Pero noté que algo se le había metido en la cabeza, su mirada se había enturbiado, y la mano rastreó sobre la mesa al encuentro de las gafas que aprisionó en el puño con rabia hasta hacerlas añicos. Este gesto tuvo la inmediata consecuencia de que nos quedamos solos él, el niño y yo. Y el niño me dijo: "Vámonos, Gonzalo", como quien conoce bien a su padre. Pero yo no me moví. Y el niño me miró alucinado, como si algo tremendo fuera a pasar. ¿Y que pasó? Pues que Sam se puso a mear, al claro de luna, por la puerta abierta. Y mientras orinaba, masculló: "Mi hermano ya sabe lo que hay debajo..." Lo decía con enorme tristeza. El niño y yo nos miramos sin comprender, pero impresionados por el tono sibilino, casi desesperado.

"Debajo ¿de qué?", le pregunté. "Debajo", se limitó a contestar.

El cementerio está vacío y Sam mea sobre una de las tumbas. Encima de la losa hay una flor aplastada, como si hubiera permanecido mucho tiempo metida entre las páginas de un libro. El chorrito cae ininterrumpidamente sobre la losa. Puede que no sea una tumba, sino la trampilla metálica. Porque yo estoy descendiendo por los húmedos peldaños. "Mi hermano ya sabe lo que hay debajo", dice Sam. (...) Seguí bajando. Al son de la meada continua, que se estrellaba contra la losa o el metal. Que casi me salpicaba, al choque restallante. Acompañada de un largo pedo irrisorio. Confusamente reminiscente, a medio mezclar con el tufillo tóxico de los pétalos marchitos. (...) Y Sam Peckinpah meando sobre la tumba de Marilyn Monroe, mientras entre sus dedos sostenía una flor marchita...

Y sus enigmáticas palabras: "Mi hermano ya sabe lo que hay debajo..." (...)

IV

"Han pasado tres días; por fin, me pongo de nuevo a escribir. ¿Me estoy volviendo loco? Es posible. El guión de Doble Dos avanza penosamente. Sam impone un sistema de trabajo demencial: él escribe por su lado y yo por el mío y luego, previa traducción, intercambiamos las páginas y yo reescribo su parte y él la mía, y volvemos a cruzar papeles, y así sucesivamente. Se requiere un desmesurado esfuerzo para un mediocre resultado, y las hojas se acumulan sin sentido. (...)

Es inútil hablar con Sam, ya que aniquilamos las horas jugando a la baraja. Lleva el mazo en el bolsillo y, en cuanto nos quedamos a solas, reparte con celeridad las cartas, sin mirarme a los ojos, como si tuviera algo que ocultar. Y yo acepto el ingenuo subterfugio, e incluso procuro mostrarme divertido. (...) Él está vencido. Lo sabe. Y sabe que lo sé. (...) Muchos lo dicen. No es nada nuevo. Sam nació agonizando." (...)

V

EPÍLOGO:

"Ayer, Peckinpah dio un pase nostálgico de Grupo salvaje (1.969) en su versión completa. Es decir, la que ni siquiera se vio en Estados Unidos. El público, de amigos, era infecto. Durante la proyección estuvieron comiendo y bebiendo, salían e entraban en la sala, reían y aplaudían sin ton ni son. Yo estaba sentado al lado de Warren Oates, que me pasaba un porro tras otro. No vi la película. (...)

Ray Bradbury, en su estudio de Cheviot Dr., entre dos retratos de Edgar Allan Poe y un descomunal reno, fláccido y rosado, de trapo, me relató una extraordinaria historia que no había contado a nadie. Hay ruidos que parecen ruidos y no son ruidos. Él, una vez, había oído un ruido extraño en los sótanos de la Universal. Era un ruido imposible de transcribir, como casi todos los ruidos, pero curiosamente resultaba "fácil de no olvidar". El ruido se produjo cuando metió una moneda por la ranura de una de las máquinas de escribir automáticas instaladas en los mencionados sótanos.

La moneda daba derecho a teclear durante una hora. Pero en aquella ocasión el mecanismo no funcionó. En cambio, se dejó oír una especie de ronquido convulso, de estertor de cantante de jazz acatarrado. En lugar de reclamar su dinero, Bradbury se apresuró a buscar un magnetófono, introdujo otra moneda y grabó el ruido en cuestión.

Pasando la cinta en sentido inverso, el ruido ya no era un ruido, sino una palabra enigmática pero inteligible: "FAHRENHEIT." "Lo demás fue fácil", concluyó."

"Autor original, divertido, profundo imaginativo y libre".

Rafael Conte de Gonzalo Suárez.

Recopilación a cargo de Xavier Sans Ezquerra, 2.008.

5 comentarios:

el loco oficial dijo...

Gracias Xavi, magnífico post. Por cierto, cómo me gusta Perros de Paja, me encanta esa atmósfera gris, algo turbia, el pub, el pueblo perdido, la caracterización de los personajes, de sus miserias...en fin,..

Möbius el Crononauta dijo...

Muy buen trabajo, alguien como Peckinpah sin duda se lo merece. Delicioso bastardo ese Peckinpah.

saludos

Kepa dijo...

este hombre se sale!!! es buenisimo!!! violento, poeticamente violento. Grupo Salvaje es quizas de las que más me gusta.

Dr. Hichcock dijo...

No sabía de la amistad entre Suárez y Peckinpah.
Deliciosas anécdotas.

viriatocamus dijo...

Deduzco que fueron los mejores momentos vividos por Gonzalo a lo largo de su vida. Se sintió como si estuviera protagonizando alguna de las joyas cinematográficas de Sam. Qué pena no saber un poco más. Gonzalo y Sam protagonizaron Grupo Salvaje.