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Una sola mujer, con sus pómulos cadavéricos y sus ojos enormes, puede abocar a un pequeño pueblo a la destrucción. Su sola presencia, acercar un pie demasiado a un lugareño, besar al enamorado de su doncella, enloquecer al mozo más fornido de la aldea y obligarle a quemar su casa con la familia entera encerrada en su interior. El poder de una cabellera negra y un contoneo de cintura. La lujuria, diosa de caprichos impacientes, unida a la ira y al deseo de venganza, son las armas más enérgicas que puede esgrimir una bella joven.
En los cuentos de horror gótico las pasiones desatadas son siempre el motor del terror. Lo terrible es entender que los deseos insatisfechos de una mujer endiablada, y poseída por el deleite carnal, pueden ser la causa de la muerte de niños inocentes o del suicidio de un honrado profesor que, de la noche a la mañana, pierde a su prometida y se hunde en el vicio. Es el horror de los pecados capitales, la supremacía de la bestialidad en un ámbito rural aparentemente apacible… No es de extrañar que en el transcurso de estas historias aparezcan personajes animalizados o de capacidad intelectual inferior involucrados en el argumento. Son el otro lado de las heroínas delicadas vestidas en terciopelo que dominan a su antojo a los varones, y doblegan su voluntad a través del placer y del miedo al abismo.
En “Un Angelo Per Satana”, Barbara Steel aparece espléndida como encarnación de la fatal Némesis que destruye con sus besos. Madura y sensual, estudiante inocente, cruel o ensimismada, interpreta a la perfección uno de esos dobles papeles tan habituales en sus películas de terror. Junto al habitual del spaghetti western, el brasileño Antonio De Teffè (o Anthony Steffen), quien llega a un pequeño pueblo para restaurar una estatua antigua que tiene un parecido asombroso con la heredera de los Montebruno,
Una curiosidad de esta Vénus d'Ille, es quizás su amplio reparto. El realizador Camillo Mastrocinque no se ha limitado a contar su historia con cuatro o cinco personajes, sino que recorre varias historias paralelas para acabar abrazándolas a todas con los hilos de la muerte. Otro elemento a destacar, es el juego de apariencias que atraviesa la película, y que en un momento dado se aparta de los tópicos del horror gótico para adentrarse en territorios más detectivescos que dan una vuelta de tuerca a las previsiones del espectador.
De todas formas el arma sigue siendo Barbara, resplandeciendo en un blanco y negro contrastado que embellece aún más su perfidia.

Jirones de espectros que se confunden con el movimiento de las cortinas, cabezas decapitadas aún burbujeantes de sangre fresca, gemidos y chirridos metálicos bajo la colcha. El pueblo no se alimenta sólo de Pan y Circo, o de
Agustín Pérez Zaragoza, escritor de oficio nómada, cuyos intereses se movían a la par que los vaivenes de la sociedad que le fue impuesta, no ignoraba los atractivos de tal espectáculo, y siendo un maestro de la impostura, no tardó en hacerse un nombre a partir de la violencia de masacres y sangrías que fue recuperando de diversas fuentes literarias, francesas e italianas en su mayoría. Y cómo lo mismo redactaba un tratado contra los jesuitas, como un compendio filosófico moral o un manual de cocina, no le fue difícil desarrollar esta nueva disciplina al truhán. Y se dedicó a esta literatura con harto entusiasmo, por tal motivo se le conoce como uno de los escasos representantes de la novela gótica en nuestro país, gracias a la asimilación de las novelas de Ann Radcliffe y otros (por cierto, que el mismo alude a la novelista como Rosdeliff, en un alarde de sus amplios conocimientos culturales).
Del Romanticismo puro y más hiperbólico en el tratamiento de sus ‘topos’ surge como ‘rara avis’ la “Galería Fúnebre de Espectros y Sombras Ensangrentadas” en la primera mitad del siglo XIX, y se convierte en uno de los libros más leídos de su época. Sus relatos truculentos que incluyen amenazadoras cabezas decapitadas, venenos y horcas son consumidos con afición por una población ávida de sensaciones extremas. Los bocados tremebundos de Pérez Zaragoza se convierten en la distracción predilecta de las multitudes, que ven en esta recopilación cómo un discurrimiento sobre la vida y las virtudes de los hombres.
Ésta es la intención que el autor deja clara en su prólogo a la obra. Y además Pérez Zaragoza decide ampararse en la figura de la reina regente, María Cristina de Borbón, al permitirse el dedicarle la edición. En el mencionado prólogo que sirve para presentar excusas, justifica el recurrir a episodios tan sangrientos y funestos de la historia como medio para prevenir de los pecados a las almas sensibles. Se figura el escritor a una joven, inquieta en el lecho nocturno, que tras la lectura de la obra cree ver espíritus en lugar de sombras y que, aterrorizada, acaba despertando a gritos a los miembros de su familia.
Por la “Galería Fúnebre” pasa la procesión más infame de criminales, los que cometieron los crímenes más abyectos e inexcusables. Los delitos más horrendos minuciosamente relatados, para que el lector no pierda detalle de las violaciones y homicidios:
“El carruaje avanzaba lentamente, y esta lentitud le asemejaba a un convoy fúnebre. Miladi fue la primera que percibió por entre la espesura de las sombras pasar detrás del tronco de un árbol un hombre agachado, que, con unas pistolas y un trabuco bajo del brazo, parecía ponerse de acuerdo con otro escondido detrás de un árbol. Entonces ya no pudo menos de estremecerse Miladi, y, hallando una mano de Clarisa, la apretó temblando, aunque involuntariamente. “¿Qué tenéis, madre mía?, exclamó al momento, ¿habéis visto los asesinos?...”
“No, respondió Miladi, disimulando lo mejor que pudo su turbación. Es que las ruedas han hecho un movimiento, y no he podido evitar el susto.” Durante esta fingida contestación, Clarisa vio también sobre un arbolillo cargado de nieve la refracción de la sombra de un hombre que parecía tomar sus disposiciones; y por una delicadeza filial, Clarisa, temiendo también afectar a su madre, la imitó en el disimulo; sin embargo no pudo menos de decir a Miladi que deberían sin duda llegar ya al punto peligroso que había indicado el maestro de postas. El mesón quedaba ya unos cien pasos atrás, y no se veía más al través de los árboles que una luz que parecía en sus movimientos de inteligencia con el crimen. En fin, el peligro no es sino muy cierto. Los criados que iban en el pescante y trasera del coche, espantados a la repentina aparición de esta cuadrilla de malvados que simultáneamente van cayendo sobre ellos, empiezan a gritar y descargan sus pistolas contra ellos. Al punto se oye el silbato avisando a la otra banda de retaguardia, para que acuda al mismo tiempo. Los postillones caen a trabucazos al suelo, los criados son heridos igualmente, y todos quedan al momento en tierra con un diluvio de balas que descargan sobre ellos tantos asesinos en tropel, y, después, con los puñales acabaron de degollarlos, despreciando sus suplicas y clamores…
¡A vosotras, ángeles celestes, es a quienes yo debo ahora consagrar toda la energía y toda la sensibilidad de mi pluma, para pintar vuestra triste y horrorosa situación, vuestras mortales angustias y vuestros penetrantes gritos y clamores en medio de este teatro de carnicería y de dolor!!!! ¿Qué lector no quisiera poder obrar un milagro en vuestro favor y sacaros de ese abismo? Mas ya son inútiles sus votos, y es preciso llorar vuestra pérdida: está jurada, y Dios sólo puede evitarla.
Clarisa, desmelenada, desatinada y sofocada por su dolor, había enlazado sus brazos a la cintura de su tierna madre, y con los ojos elevados al cielo no le pedía más que el favor de morir antes que esta madre adorada. Miladi, por su parte, reuniendo todas sus fuerzas para tratar de salvar aún a su hija en medio de este desastre, la cubría con su cuerpo, y con el seno apoyado sobre el de ella no permitía la entrada al acero de los homicidas.
El bárbaro Bristol fue quien, con la mayor ferocidad e inhumana acción, sumergió un largo puñal en el vacío de la ilustre viajera, y arrancando de sus brazos desfallecidos a la infeliz Clarisa enteramente accidentada, la mandó llevar a la cueva o cementerio, lugar de despojos y sepultura de las innumerables victimas del bosque. Un hachón clavado en tierra era lo que alumbraba aquella horrible mansión: allí es donde se halla ya sumergida la beldad más interesante…, y su lecho, el sitio donde se encuentra aquella inocente criatura expirante, no es más que un cúmulo infectado de cadáveres mutilados y denegridos por la muerte… Mas cesa, lector mío, de afligirte: Clarisa nada tiene ya que temer, Clarisa duerme en el sueño eterno, en el sueño de los ángeles. Dios la ha dado alas, y, saliendo de las bóvedas tenebrosas de esta cueva de asesinos, se halla ya entre las divinidades del martirio; para colmo de su felicidad, ha vuelto a ver a su adorada madre para estrecharla otra vez en sus brazos y no separarse jamás.
Bristol, al ver tales atractivos, sintió en corazón delincuente un impulso criminal causado por la hermosura de Clarisa: trata de volverla a la vida, y es en vano le adviertan los demás forajidos que no se debía dejar existir a ninguno, que ésta era la orden que él mismo había dado. Bristol insiste en el designio de hacer salir a Clarisa de aquel sueño eterno, que cree no ser más que un fuerte accidente… Después añadió otros crímenes… Mas, ¿para que horrorizar más a nuestros lectores? Este monstruo tuvo la barbarie de abrazar a la misma muerte…, pero el alma inocente de Clarisa subió virgen a los cielos, por mas que su cadáver fuese profanado por los más horrorosos reptiles...”
Sí, los sueños se alimentan. Hijos de nuestros sigilos y bravuras secretas, como criaturas ávidas de saberes ocultos, monstruos de mil bocas, rastrean en los rincones menos obvios y explotan los coloridos de la feria más trivial.
A menudo los sorprendo vestidos con guantes oscuros, ajenos a mi feminidad y desentrañando crímenes a partir de pistas ilógicas y a través de reflejos de vidrieras encarnadas. Es cuando descubro el ‘giallo’ en su estructura menos obvia y puedo después diseccionarlo como a un precioso insecto, con alas de esmeralda.
Sueño, sí, con tramas laberínticas, con sucesos oscuros entrevistos en un palco dorado, con símbolos infantiles y detalles que se agigantan ante mis otros ojos. Y esta peculiaridad me hace preguntarme por el origen de la fantasía y sobre cómo puede el arte introducirse en el inconsciente a través del ojo y fijarse en sus juegos y rompecabezas. El mapa de esta instancia me es inasequible, pero me es mostrado cual un enigma más que pudiera encontrar desarrollado por otro.
Sería fácil cargar la culpa de esta pequeña disfunción al bolso amarillo de una de las mujeres más adorables de la historia del cine. En el año 1964 se estrenaban “Marnie” y “Sei donne per l'assassino” como un preludio de la sinfonía estético-sangrienta que iba a marcar toda una juventud de sueños en gran angular. Las víctimas o los receptores de tal avalancha de sensaciones, no imaginaron en su niñez que las estrategias de los asesinatos se infiltrarían en sus esquemas más profundos, en sus habitaciones internas, en sus propios sótanos.
Y sin embargo, las jóvenes siguen cayendo. Y unos zapatos ocupan el escaparate del sueño. Dilucido crímenes y raptos y me asomo a persecuciones vertiginosas ajena a lo que podría ser el dolor, que aquí no existe. Sólo hay colores brillantes, y un puzzle… un puzzle para quienes no temen perderse.
¿Puede el inicio de una carcajada abrupta, infantil casi (diría inofensiva), convertirse en reverso del horror?
Tal vez sí en una producción alemana desteñida de los sesenta, aunque ni la carcajada consigue serlo, ni tampoco el horror. Pero, ¿qué importa? Habrá un castillo lleno de trampas, y un conde torturador capaz de reaparecer en las vigilias de los más pequeños, incluso la aurora que borra con su estela las horas más sangrientas. Y para las Auras del mundo habrá excesos visuales turbulentos e imágenes extravagantes que se congelarán en hallazgos preciosos.

Léase “Die Schlangengrube und das Pendel”, “The Torture Chamber of Dr. Sadism” o “The Blood Demon”, nos encontramos con otra versión de “El Pozo Y el Péndulo”, pero esta vez para centrarse, si es que lo consigue, en el artificio de
Si hay un elemento a destacar, aparte de la imaginería visual y el colorido que regala Harald Reinl en estos apenas noventa minutos, es la gracia de recrear una historia desgastada desde su inicio con aciertos imaginativos muy loables. Es el caso del trayecto en carruaje hacia el castillo, -en el que el director gasta más de la mitad de la película-, con un cielo ensangrentado que debería inquietarnos, pero que no sucede ya que lo acompaña con una melodía groovy de órgano insistente que nos pierde en divagaciones hedonistas, de escarlatas clubs nocturnos con decorados psicodélicos.
Quizás es el fragmento nocturno en el bosque el que más carga sombría comprende, al convertir la carroza en una marcha fúnebre, con seres desmembrados colgando de los árboles y filtros verde azulados inquietando el ambiente. Pero el mito lo consigue Christopher Lee, desvelando un nuevo demonio que pasa a formar parte de nuestro personal bagaje, recreando el eterno monstruo que el inconsciente presiente en sus formas.
Si les comento que esta producción italiana de Marco Bellocchio es de 1988 enseguida presumirán que posee muchas de las virtudes y defectos que el final de esta década acarrea y no andarán muy lejos de la verdad. No van a encontrar en esta cinta elegancia formal y mesura, pero sí excesos visuales, y en este caso, un exceso bastante atractivo.
“La Visione del Sabba” consiste básicamente en lo que el título indica: en visiones, en romper la frágil línea que separa lo real de lo que no lo es. Se trata de escoger, de perseguir, y para ello Bellocchio se sirve de la metáfora de posesión diabólica de una mujer, por un lado, y por otro, de una exaltación de los placeres paganos.
Quien padece este cruce de caminos es David (Daniel Ezralow) un recién licenciado psiquiatra que al conocer a Magdalena (Béatrice Dalle, sí, la de “Betty Blue”) comienza a experimentar una serie de delirios visuales que tienen en común la presencia de la bella muchacha: Magdalena acosada en un proceso judicial medieval de brujería, torturada, asistiendo junto a otras jóvenes a un Sabbath… David decide entrar en su mundo y participar de los placeres culpables que le alejan de su trabajo y su pareja.
Como la película apunta en varias ocasiones, hay un paralelismo entre la brujería y la seducción amorosa, siendo frecuentes las alusiones a la caza e intercambiándose continuamente los papeles entre víctima y verdugo. En un principio la historia se desarrolla entorno al misterio de una mujer hermosísima que ha sido acusada de asesinato y está encerrada en un centro psiquiátrico porque afirma ser una bruja del siglo XVII que lleva esperando varios siglos al hombre capaz de desvirgarla.
Ese es el punto de partida para adentrarnos en el enigma de Magdalena, hasta que entendemos que es un súcubo que quiere devorarnos y redimirnos. Una tentación a la muerte y a la carne, indistintamente. Una mujer que no sangra, ni derrama lágrimas, pero que vibra de pasión. La mujer como medio de conocimiento en el que perderse…
Decir que una película es más que una película para uno me resulta algo obvio, pero si el punto de partida es que no la consideramos una película, entonces es distinto. Y no se trata de que sea más, sino tal vez… otra cosa.
Por este tipo de motivos sobra aquí el año de realización, el productor, o cualquiera de esos detalles que más que hablar entorpecen. Este Profondo no es “ Profondo Rosso”.
Es el año 1991 y una joven Aurita cumple ese 8 de abril 15 años. Le pide a su madre que le deje ver esa película de terror que dan por televisión y la madre accede. Deben ser las once de la noche. Aurita se acomoda en el sofá de piel color granate y empieza la maravilla.
Retrotraerme a ese momento constituye en parte una trampa deseada. Pero no importa tanto la exactitud de los recuerdos como el vaivén del vértigo de aquellas sensaciones. Si me despojo de posteriores análisis y vivencias, puedo volver a percibir aquel asombro y también aquel reconocimiento.
Porque mi experiencia con “Deep Red” no sólo se alimentaba de la maravilla ante lo extraño, sino que, más allá, y por primera vez, me hablaba o reflejaba un mundo que yo ya intuía y que llevaba marcado a fuego en mi ser. Podría hablar de colores, de sensaciones, incluso de olores, pero no les transmitiría convenientemente el instante revelador de “Profondo Rosso” como puerta a una parte del mundo interior, el paraíso que vive en mí y que me emociona más que las horas del día.
Yo ya conocía aquello, formaba parte de mí. Ya había estado en el pasillo forrado de cuadros ovales, mi sangre se movía al escuchar la nana infantil, esos dibujos eran míos, eran mis trazos aquellos. Y el mal, ese era el mal que atraía mi pequeña alma hacia cortinas abombadas, mecidas por un viento desconocido.
He buscado “Profondo Rosso” muchas veces. Me acerco al cine como un insecto ávido de sangre, sedienta de flashes que abran nuevas puertas de mi enigma entrevisto en sueños. A veces consigo vislumbrar una luz roja parpadeante que se asoma unos segundos. Una imagen frágil que se resiste y que cuanto más te esfuerzas, antes se desvanece. Ante la pantalla demoníaca hay que dejarse ir, florecer y diluirse, tensarse y desmayarse.
He visto. He visto en algunas de esas “películas” lagos sin fondo en los que mi alma se anega y renace. He encontrado el reflejo de mi mirada.
Los segundos engullidos, encontrados, revelados, son las piedras preciosas del otro lugar. Los he perseguido por largos pasillos y se me desvelan tan pocos ingenios nuevos.
Podría quedarme aquí, pero voy a ir más allá. Un punto de conexión que no pretende dar información sino añadir un elemento más.
No se como ven otras personas “Profondo Rosso”, pero se que mis ojos se abren a ella desde la perspectiva católica de los rezos escolares, con toda la liturgia y pompa que arrastra
La sangre es eucarística y las revelaciones de Marc acerca de
Yo también me coloqué frente al espejo delante del cuadro, y reconocí mi rostro como el del asesino. El túnel hacia mi misterio se mostraba ingenuo y risueño, con la alegría de una melodía infantil que se transforma en la grabación de una pesadilla.
Yo también estuve allí: