


















Monsieur X fue un singular coleccionista. En el Paris de entreguerras se entregó por entero a su afición al voyeurismo retratando cientos de mujeres desnudas.
Un primer vistazo a las fotografías que se conservan de la colección de Monsieur X nos revela que las chicas que posaron ante la cámara anónima no eran modelos artísticas, raptadas del estudio de un pintor aficionado, ni de fotografía, según lo que podemos entender por estos conceptos. Se trata, posiblemente, de hipotéticos encuentros con mujeres que consintieron desnudarse delante del objetivo, llegando a alcanzar un raro grado de complicidad con el autor. Nombres como Fanfan, Gaby, Gypsi, Jojo, Mimi, Nenette o Nono también nos confirman que estas muchachas que se exponían a la cámara con la actitud de exhibirse, y divertirse, sin mostrar ningún pudor, con toda probabilidad también vendían su cuerpo. Una vista desde el balcón de un hotel a una plaza del barrio de Pigalle nos confirma la evidencia de que Monsieur X, quien en algunas ocasiones se hacía acompañar de un amigo anónimo, acostumbraba a frecuentar el mundo de la prostitución parisina en aquellos años.
Pocas pistas más nos quedan sobre el extraño personaje. Se conoce que los originales de su extensa colección fotográfica incluían en su reverso un indescifrable código de números y letras, que traducen una meticulosa labor de clasificación. También se sabe que un Monsieur X octogenario, sintiéndose viejo, decidió vender algunas copias de su producción fotográfica (lanzó los originales al Sena) a un librero parisino al que escogió por su discreción y afición al erotismo. Sólo había una cláusula en su contrato de venta: su identidad no debía ser jamás revelada. Pero legó su devoción de toda una vida a quienes supo entenderían su secreto.
A modo de introducción, comentar que las reuniones secretas de mujeres casi siempre están relacionadas con el misterio del nacimiento y los cultos a la fertilidad. Y son varias las cofradías secretas femeninas que han llegado hasta nuestros días y cuyos ritos comportan un simbolismo entorno a la fecundidad.
En las reuniones femeninas que se dan entre los mordovianos se excluye expresamente a los hombres, a las jóvenes no casadas y a los niños, cuya presencia está estrictamente prohibida. La insignia de la cofradía es un caballo de palo y las mujeres que lo acompañan son denominadas “caballos”. De sus cuellos pende una bolsa llena de mijo y adornada con bandas: la bolsa representa el vientre del caballo. También se añaden unos saquitos pequeños que representan los testículos.
Cada año tiene lugar el banquete ritual de la sociedad, que se celebra en casa de una anciana. Al entrar, las jóvenes casadas son golpeadas tres veces con látigos por las mujeres mayores, que les gritan: “¡Poned un huevo!”, y entonces las jóvenes casadas ponen un huevo hervido que sale de entre sus pechos. El banquete, al que cada miembro de la cofradía debe contribuir con viandas, bebidas y dinero, se convierte rápidamente en una orgía. A la caída de la noche, la mitad de la cofradía visita a la otra mitad (ya que cada poblado está dividido en dos partes). Se trata de un cortejo carnavalesco: las ancianas borrachas cabalgan caballos de palo y cantan canciones eróticas. Cuando ambas partes de la cofradía se reúnen, el alboroto es indescriptible. Los hombres no se aventuran a aparecer por las calles. Si lo hacen son atacados por las mujeres, desnudados y brutalizados, y deben pagar una multa para recuperar la libertad.
Fuente: Mircea Eliade “Mitos, Sueños y Misterios”



Éstas son de mi colección particular de postales de David Hamilton.
El primer truco apreciable es hacerla descender a un sótano oscuro desde la languidez de la “soir blue” de Saint-Tropez. La bella procede a bajar los escalones, con balanceos de desidia y de caprichos frugales. Toda ella es un tormento, remembranza de las olas que la exhibían mojada a pleno sol, con el pelo revuelto.
Indiferente a que la miren, o deseosa. Su mirada no desafía, sino que permanece subterránea, como el fondo que la dibuja. Inasequible, actuando sumisa, como un autómata, aunque el fuego la consuma, aunque el brote de fiebre se excite a punto de revelarse. Juliete parece acoger aires de timidez mientras se muerde el pulgar, acaso nerviosa, pero cualquier movimiento puede accionar su fatalidad.
El segundo truco son acaso sus pies descalzos, la vulnerabilidad que suponen, y esos planos generales que la encuadran en medio de un espacio que se antoja asfixiante, húmedo y sin ventilación. Una jovencita sin acompañante masculino que se adentra en la oscuridad del bar, huyendo, sin conciencia de su perturbador poder. Rodeada de extraños que la enmarcan desde todos los ángulos. Brigitte empieza a bailar.

Y de repente grita, y al momento se ha olvidado tal vez incluso de porqué está allí. Sólo existe la llamada insistente de las percusiones, el calor de la música que gobierna su grácil cuerpo. La chiquilla se agita y se retuerce, poniendo en evidencia la maravilla naciente de cada parte de su cuerpo. El florecimiento del ímpetu de su juventud. Esquivando cualquier obstáculo que la aparte de
El tercer truco es adorar sus piernas sobre un suelo ajedrezado, detener cada movimiento en la rapidez del frenesí. Capturar la inefabilidad de la corriente de efluvios que desprende su danza. La misma danza que sesgó el cuello de San Juan Bautista. La que lleva en sí la ruina de los deseos que no se subliman. La lujuria de los hombres detenidos, como estatuas, rodea a la diosa rubia imponiendo su propia violencia, mezclándose con la furia del mambo.
Crece la intensidad del ritmo, del desenfreno, y las caderas se mecen en movimientos sincopados, hasta que el arma aparece reflejada en el espejo y los designios de la providencia se muestran con toda la claridad de su magnitud. Como en los juegos crueles de la vida es el todo o nada, es la caza o la renuncia a uno mismo. Brigitte con ojos húmedos, con las mejillas coloradas, no se rinde a la servidumbre del trampero, y con una sutil sonrisa finaliza su desafío, que nos hiere como un látigo.
Protagonizada por Klaus Kinski y la delicada presencia de Isabelle Illiers como “O”, estos “Frutos de
“Les Fruits de la Passion” es un melodrama erótico ambientado en el Hong Kong de los años 20. Kinski, un europeo decadente con negocios en la ciudad, envía a su mujer a un burdel para profundizar en su amor física y espiritualmente. El tema de la sumisión, del sufrimiento y la ofensa que aparecían en la cinta de 1975 son retomados aquí, en cuyo burdel de fantasía se muestran viñetas de tortura, fetichismo y perversiones diversas. “O” debe renunciar a cualquier deseo para amar completamente a Sir Stephen, quien se deleita martirizándola mostrándole como ama también a otra mujer, Nathalie, interpretada por Arielle Dombasle. El trío se rompe cuando un cuarto personaje, un joven que envía flores a la bella encarcelada, se introduce entre la pareja protagonista para hacer suya a “O”.
La historia se pierde entre delirios surrealistas y objetos que invocan un simbolismo catártico. Hay más en las estampas vivas que protagonizan cada escena que en el análisis del film. “Les Fruits de
El protagonismo está en los filtros de color, que enfatizan la mirada extraviada de Kinski, en los matices brillantes, en las ropas y los maquillajes extremos, y le da a cada imagen una cualidad pictórica, tanto que podemos detener el visionado y en una captura encontrar decenas de detalles en los ángulos de la pantalla que están ahí, como caídos del cielo, esperando a ser descubiertos.